martes, 25 de agosto de 2015

Statu Naturae

Volteando mi cuerpo inquieto durante la pesada noche, o más bien, durante la noche tornada día a causa de la ineficiencia fisiológica y la continua baja solicitada por el departamento onírico ante su ausente confección de parpadeos, una itinerante conversación procedente desde el exterior penetra en mi cuarto a través de la ventana.

La conversación parece arder a medida que transcurre la noche, puesto que los participes aúllan sin descanso, la hora no parece ser problema. Una conversación hilada por la luna y perpetrada por el aislamiento, muros conceptuales separan a los individuos en el debate.

Cada individuo nació en zonas diferentes, seguramente con hábitos y realidades parcialmente distintas (puesto que las diferencias fisiológicas no son muy abismales). Todos, sin excepción, crecieron en sus parcelas esféricamente determinadas por la naturaleza y la causalidad genética correspondiente. La cantidad de componentes parece indeterminable desde mi habitación, especificar dicha información no parece interesante.

Algo sí es irrefutable, todos, sin excepción, están aislados, separados; no disponen de ninguna representación mayor que la de sus instintos. Y así es como crecieron, instintiva y naturalmente. Y que quiero decir con esto. Simple; en esta conversación no cabrían conceptos.

Puede ser que ya hayáis desentrañado el contenido de la argumentación. Como decía, los individuos no han conocido ningún patrón, carecen de conceptualización, de percepción de líneas argumentales, de distinciones burdas y horas de aprendizaje. Solamente han nacido y vivido; el estado natural habla por ellos.

El estado natura provee la perfección oral nutriéndose del aislamiento de conocimientos consensuados ni de adiciones variables, el estado-origen, el estado neutro. Es aquí donde la conversación se hace comprensible.

En efecto, los componentes no son personas trajeadas de comprensiones extra-natura. La velada se discute a través de ladridos y aullidos procedentes de parcelas kilométricamente separadas. Los caninos amaestrados ladran en la distancia comunicándose a partir de un statu quo imparcial que denota algo más que ruido.

Dicho hecho hace replantearme (aparte de la teoría subversiva e inconsciente del sueño) si el estado originario de la vida es, en su creación, perfectamente entendible por y para el ser humano en su totalidad sin su alteración. Todos los perros humanizados, con indiferencia de su raza, crecen de forma aislada, por así decirlo, sin comunicarse con otros perros y sin aprender a comunicarse; pero tarde o temprano llega la noche, y, en comuna, los ladridos denotan algo más que un ruidoso manifiesto. Es entonces plausible que el estado natural para el hombre, a pesar de sus diferencias genéticas y etnográficas, pacte la comunicación sin adoctrinamiento ni composición de distinciones ortográficas, fonéticas ni gramaticales.

Si creciéramos en aislamiento y posteriormente fuéramos agrupados, seguramente el statu naturae nos dotaría del lenguaje definitivamente globalizado, con indiferencia del origen geográfico. La comunicación en su estado más natural, libre de barreras y de incomprensiones, lenguaje aprendido y experimentado a través del mero nacimiento. Del nacimiento a la comprensión, puede que a través de una comunicación ineficiente y provista de incoherencias aplicables en cuanto a tiempo y utilidad se refiere, pero al fin y al cabo, una comunicación naturalmente comprensible destinada para cada ser humano.