Volteando mi
cuerpo inquieto durante la pesada noche, o más bien, durante la noche tornada día
a causa de la ineficiencia fisiológica y la continua baja solicitada por el
departamento onírico ante su ausente confección de parpadeos, una itinerante
conversación procedente desde el exterior penetra en mi cuarto a través de la
ventana.
La
conversación parece arder a medida que transcurre la noche, puesto que los
participes aúllan sin descanso, la hora no parece ser problema. Una
conversación hilada por la luna y perpetrada por el aislamiento, muros
conceptuales separan a los individuos en el debate.
Cada
individuo nació en zonas diferentes, seguramente con hábitos y realidades
parcialmente distintas (puesto que las diferencias fisiológicas no son muy
abismales). Todos, sin excepción, crecieron en sus parcelas esféricamente
determinadas por la naturaleza y la causalidad genética correspondiente. La
cantidad de componentes parece indeterminable desde mi habitación, especificar
dicha información no parece interesante.
Algo sí es
irrefutable, todos, sin excepción, están aislados, separados; no disponen de
ninguna representación mayor que la de sus instintos. Y así es como crecieron,
instintiva y naturalmente. Y que quiero decir con esto. Simple; en esta
conversación no cabrían conceptos.
Puede ser
que ya hayáis desentrañado el contenido de la argumentación. Como decía, los
individuos no han conocido ningún patrón, carecen de conceptualización, de
percepción de líneas argumentales, de distinciones burdas y horas de
aprendizaje. Solamente han nacido y vivido; el estado natural habla por ellos.
El estado
natura provee la perfección oral nutriéndose del aislamiento de conocimientos
consensuados ni de adiciones variables, el estado-origen, el estado neutro. Es
aquí donde la conversación se hace comprensible.
En efecto,
los componentes no son personas trajeadas de comprensiones extra-natura. La
velada se discute a través de ladridos y aullidos procedentes de parcelas
kilométricamente separadas. Los caninos amaestrados ladran en la distancia
comunicándose a partir de un statu quo imparcial que denota algo más que ruido.
Dicho hecho
hace replantearme (aparte de la teoría subversiva e inconsciente del sueño) si
el estado originario de la vida es, en su creación, perfectamente entendible por
y para el ser humano en su totalidad sin su alteración. Todos los perros humanizados,
con indiferencia de su raza, crecen de forma aislada, por así decirlo, sin
comunicarse con otros perros y sin aprender a comunicarse; pero tarde o
temprano llega la noche, y, en comuna, los ladridos denotan algo más que un
ruidoso manifiesto. Es entonces plausible que el estado natural para el hombre,
a pesar de sus diferencias genéticas y etnográficas, pacte la comunicación sin
adoctrinamiento ni composición de distinciones ortográficas, fonéticas ni
gramaticales.
Si
creciéramos en aislamiento y posteriormente fuéramos agrupados, seguramente el
statu naturae nos dotaría del lenguaje definitivamente globalizado, con
indiferencia del origen geográfico. La comunicación en su estado más natural,
libre de barreras y de incomprensiones, lenguaje aprendido y experimentado a
través del mero nacimiento. Del nacimiento a la comprensión, puede que a través
de una comunicación ineficiente y provista de incoherencias aplicables en
cuanto a tiempo y utilidad se refiere, pero al fin y al cabo, una comunicación
naturalmente comprensible destinada para cada ser humano.