Y recordar ese péndulo onírico que delata aquel cajón,
antiguamente aliado, cuyo cruce de dedos aguarda una trampa emocional; en mi
mesilla de noche se esconde un pequeño yacimiento esperpéntico de lo que un día
fueron buenas funciones fallidas. Voltear una huella escrita parece algo
sencillo, un mero mensaje que un día se vistió de realidad imprescindible, que
lució la primera noche como el descubrimiento trasnochador de válvulas motoras de
cobijo abstracto, y que ahora ha sido arrastrado por el viento hasta una cala
desolada por las líneas morales.
Increíble, ser lo que nunca pensé ser pero una parte de mí
siempre quiso, sufrir lo que nunca pensé sufrir pero una parte de mí siempre
esperó sufrir. La continuidad paradójica de la individualidad humana debería
ser recogida en un árbol de grandes dimensiones, partiendo de simples recuerdos
que hinquen sus raíces en la corpórea tierra, y, creciendo en base a ellas,
redactar nuestra existencia extendiéndose una y otra vez. Porque somos así, un
enorme árbol cuya base asienta elementos distintivos entre sí si partimos de
arriba hacia abajo. Y que distintos creemos ser de los demás, cuando nuestra
propia conciencia ha sido distinta y lo será hasta el día de su despedida. Y de
repente, recuerdo vagamente aquel lugar; abro aquel cajón que mi mente aisló
del universo y que me hace estornudar por acumulación de polvo, y sonrío
mientras me muerdo intensamente para paliar la presión mental.
Sonreír es lo que preferiría hacer, pero los conceptos
obsoletos de aquel papel escalan por mi espalda y me susurran al oído “Siempre
hemos estado aquí dentro, siempre hemos estado contigo”. Evitar los errores en
nuestro amplio sesgo mental es un mecanismo de evolución que nos permite, en el
ámbito más amplio del término, alcanzar la felicidad. De esta forma podemos, incluso,
llegar a pensar que ni si quiera hemos
accidentado aquella situación que entumece nuestro cerebro.
Pero no es sino un mecanismo más de engaño, evitar el hecho
no hace que desaparezca, solamente podremos soltar una bocanada de alivio si
estrechamos el cerco y tumbamos el dolor con un pulso emocional. Pero, es
increíble cómo el árbol ha seguido creciendo y el tronco se ha endurecido, cada
vez más, a medida que sus raíces se extendían recuerdo a recuerdo. Pero aquella
hoja guardada en el fondo de nuestro cerebro sigue doliendo, y me temo, seguirá
doliendo; dolerá porque dolió, porque, aunque apartada, siempre estuvo y estará
con nosotros como base necesaria, como raíces que posibilitan nuestro
crecimiento.
Introducida la materia, el acervo que de verdad acontece el
texto comienza a desglosarse llegados a este punto. No es imprescindible hacer
la comparación a través de las experiencias propias del estándar de recuerdos
escritos ratificado como “diario”, basta con cualquier texto relativamente
antiguo para darnos cuenta de que nuestra propia contradicción es irrevocable.
Un gran margen de tiempo nos demuestra haber estado
equivocados plenamente cuando confiábamos a ciegas en la exposición de nuestras
teorías y asimilábamos como verdadero aquello que apenas tenía experiencia tras
de sí para poder validarse. Por ello, aunque es necesario pasar dicha trama,
volver a abrir aquel cajón y observar todo lo que fuimos y actualmente no somos
ocasiona un breve arrepentimiento que muchas veces suele preceder una sonrisa
de nostalgia. Pero que actualmente no seamos iguales, o que, simplemente, no sintamos lo mismo, no
significa que sea imposible volver a trasmutar nuestros pensamientos y sentimientos
relegados y volver a escenificar segmentos de nuestro pasado. Específicamente
hablando, hay un tema que es intermitente, pero que suele ser una constante en
el segmento temporal que consolida nuestras memorias escritas.
Podemos intentar engañar a nuestra conciencia, pero nuestro
subconsciente es muy
analítico como para evadir las señales que concluyen
en nuestra mente como un puzzle
útil pero incomprensible. Seguramente, la
mayoría de personas prefieran guardar el lastre en un angosto páramo
cuando la idea se asemeja a una experiencia trágica. Anteriormente
mencionaba que dicho “tema” siempre formaba un inevitable ciclo.
Muchas sensaciones ya vividas forman una nueva extensión en
este preciado árbol, que crecen y se cruzan en forma de ramas intentando
alcanzar el cielo. Años atrás, la corteza no pudo proteger el impacto que hizo
derramar la savia a través del proceso creado, y el ciclo que pensé haber
cerrado volvió a abrirse; la madera, cercenada, tardó en volver a crecer para
impulsar el crecimiento de la instancia más alta del árbol. Las raíces parecen
haberse fortalecido, han servido para agarrar el conocimiento atormentado por
los años, y ahora posibilitan el crecimiento de un nuevo bosque que espera
ansioso dos pares de pisadas en un día cualquiera… Un día cualquiera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario