La saturada ciudad norteamericana de Baltimore sirve
como pretexto para desglosar un intenso tratamiento del guión estrechamente
vinculado al mimetismo del cine que cubre su pretensión en forma de serie
mediante la voz personificada de una ciudad que, en sí misma, revela las
diversas tramas que acontecen su red de corrupción irrevocablemente extendida
(ningún estrato se sitúa al margen). Esta serie sintetiza una herramienta
crítica político-social de todas sus esferas de forma transparente, hallando
validez en las experiencias reales de David
Simon en su prolongada inmersión e investigación.
Como bien situamos, la ciudad de Baltimore se
muestra como eje central-protagonista a través de una red de casos policiales
que conectan los distintos estamentos judiciales y policiales, revelando en su
“crudeza” una ciudad moderna norteamericana cuyo antagonista explícito es el
tráfico de estupefacientes (hablamos de la primera temporada). The
Wire centra las investigaciones policiales en cinco grandes temas desgajadas en temporadas; ámbito de
las drogas, el puerto (el ámbito comercial, los traficantes), la política,
educación (los colegios sirven para reeducar a los niños callejeros),
periodismo (síntesis de todo lo anterior).
Al margen de elementos técnicos que conforman las
secuencias y el uso del formato 4:3 estrictamente dictaminado bajo elección del
director, así como una introducción cargada de un montaje elaborado con gran
presencia musical que confiere ritmo energético, en el capítulo piloto, El
Objetivo, hemos podido observar numerosas herramientas que ratifican el
gran apogeo de la serie en su eficiente tratamiento cinematográfico (así como
su seña de identidad). Inicialmente, la
serie nos revela la presencia del detective McNulty inmerso en la escena de un crimen, pero la serie ya nos permite
entrever un elemento clave; el uso de comentarios dotados de humor para dinamizar diálogos de
investigación. En este caso, la reiteración
de bromas permite agilizar y hacer más consumible el aspecto humano
existente en cualquier ámbito. De tal manera, encontramos meras conversaciones
dotadas de matices humorísticos que revelan el lado más humano y menos
mecanizado de las personas; en cualquier entorno laboral, ya sea en una
investigación policial, en el registro de informes o en búsqueda y captura, la
comuna siempre implica la latencia del humor
como arma paliativa contra el trabajo.
La capacidad de juicio en Baltimore es relativa, el
crimen inicial delata una entidad
callejera que no juzga a pesar de los actos, de tal manera, “moco”
acudía siempre a robar todas las noches pero siempre permitían su entrada.
Aceptación y entendimiento sin distinciones de clases, “es un país libre”. Toda acción tiene una repercusión; comprensión y reiteración
de actos como causantes directos de culpabilidad que deben ser comprendidos
humanamente por el espectador. Errar tiene siempre una repercusión radicalmente negativa. Baltimore se
caracteriza por una red parásita de habitantes conflictivos que aprovecha
cualquier remota acción para beneficiarse a costa ajena; manipulación de dinero
(creación de tiradas falsas), robos entre hermandades, ruptura del código moral
acordado entre los integrantes, etc.
Otro factor clave y distintivo es la presencia de elementos radicales en entornos serios que
denotan tensión (dibujo caricaturizado en el juicio inicial hacia el detective
McNulty a modo de burla) que manifiesta rebeldía y diferenciación de conceptos
a nivel moral. Pero lo “oscuro y radical” no se encuentra solamente en las
calles de Baltimore, The Wire manifiesta el existente elitismo interno como una pirámide de
labores; una cadena de mando en la que, tal y como se cita, “la mierda
rueda hacia abajo”. La guerra de la corrupción y la violencia nunca acaba.
Pero es aún más notable el continuo uso de roles lingüísticos vulgares en el
desarrollo conversacional, incluso en temas de índole dramática, y presentes en
cualquier ámbito profesional, ya sea en el transcurso callejero de una red de
tráfico de estupefacientes o en una conversación judicial y/o policial. Frases
que profundizan el estado de la ciudad “bromas”
que profundizan y hacen un tratamiento de manera “light” (cuando decimos
light nos referimos a que, ciertamente, son frases dichas a la ligera que
tienen un chasquido más reflexivo de lo aparente) de la realidad norteamericana. En lo referente a lo elitista,
encontramos altos cargos con alta profundización del normalizado uso vulgar de
los insultos como mera expresión de emociones “ahora que soy juez puedo hablar
como mejor me parezca”, de tal manera, una vez obtenida la recompensa, en
cierta manera, los valores se degradan
levemente hasta alcanzar la arrogancia.
Esto lleva a un conflicto
de intereses en cada régimen que
desgrana el compendio de entidad justa en Baltimore; cada régimen marca unas
limitaciones que no permite “pisar” a nadie, ni si quiera a “X” detective. Por
ello, cada trabajador de la justicia debe hacerlo con el cuidado de no molestar
al resto que conforma la entidad, hecho que remite a otro punto clave; la inconexa comunicación entre departamentos
ocasiona errores perjudiciales que son aprovechados por los maleantes
callejeros.
La intimidad y la libertad no se enlazan. Para saber
el qué, deben conocer continuamente el dónde, incluso con la habilitación de
cámaras que graban internamente las viviendas, coartando la liberad.
Encontramos una era digitalizada
donde la tecnología es usada tanto por el cazador como por el cazado como
artimaña de resolución conflictiva.
Si con anterioridad las series de género remitentes
a la investigación y casos policiales hacían hincapié en términos de
“personajes principales equivalentes a investigadores”, The Wire profundiza
tanto en los protagonistas convencionalmente calificados como “buenos” como en los pro(anta)gonistas calificados
como “malos”, dejando ver el lado más humano en su real crudeza, remitiendo a
las circunstancias que envuelven a cada personaje para validar sus actos;
criticando una sociedad estadounidense cuyas raíces no son superficiales, sino
trascendentalmente humanas y comprensibles (ajustando un código moral que se
ciñe al estrato que critica), y que, a pesar de los hechos, intenta sobrevivir
como una “mente” más pensadora y humana que intenta abatir los conflictos para
vivir consecuentemente con sus actos.



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