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sábado, 18 de abril de 2015

Árbol de Reminiscencia

Y recordar ese péndulo onírico que delata aquel cajón, antiguamente aliado, cuyo cruce de dedos aguarda una trampa emocional; en mi mesilla de noche se esconde un pequeño yacimiento esperpéntico de lo que un día fueron buenas funciones fallidas. Voltear una huella escrita parece algo sencillo, un mero mensaje que un día se vistió de realidad imprescindible, que lució la primera noche como el descubrimiento trasnochador de válvulas motoras de cobijo abstracto, y que ahora ha sido arrastrado por el viento hasta una cala desolada por las líneas morales.

Increíble, ser lo que nunca pensé ser pero una parte de mí siempre quiso, sufrir lo que nunca pensé sufrir pero una parte de mí siempre esperó sufrir. La continuidad paradójica de la individualidad humana debería ser recogida en un árbol de grandes dimensiones, partiendo de simples recuerdos que hinquen sus raíces en la corpórea tierra, y, creciendo en base a ellas, redactar nuestra existencia extendiéndose una y otra vez. Porque somos así, un enorme árbol cuya base asienta elementos distintivos entre sí si partimos de arriba hacia abajo. Y que distintos creemos ser de los demás, cuando nuestra propia conciencia ha sido distinta y lo será hasta el día de su despedida. Y de repente, recuerdo vagamente aquel lugar; abro aquel cajón que mi mente aisló del universo y que me hace estornudar por acumulación de polvo, y sonrío mientras me muerdo intensamente para paliar la presión mental.

Sonreír es lo que preferiría hacer, pero los conceptos obsoletos de aquel papel escalan por mi espalda y me susurran al oído “Siempre hemos estado aquí dentro, siempre hemos estado contigo”. Evitar los errores en nuestro amplio sesgo mental es un mecanismo de evolución que nos permite, en el ámbito más amplio del término, alcanzar la felicidad. De esta forma podemos, incluso, llegar  a pensar que ni si quiera hemos accidentado aquella situación que entumece nuestro cerebro.

Pero no es sino un mecanismo más de engaño, evitar el hecho no hace que desaparezca, solamente podremos soltar una bocanada de alivio si estrechamos el cerco y tumbamos el dolor con un pulso emocional. Pero, es increíble cómo el árbol ha seguido creciendo y el tronco se ha endurecido, cada vez más, a medida que sus raíces se extendían recuerdo a recuerdo. Pero aquella hoja guardada en el fondo de nuestro cerebro sigue doliendo, y me temo, seguirá doliendo; dolerá porque dolió, porque, aunque apartada, siempre estuvo y estará con nosotros como base necesaria, como raíces que posibilitan nuestro crecimiento.

Introducida la materia, el acervo que de verdad acontece el texto comienza a desglosarse llegados a este punto. No es imprescindible hacer la comparación a través de las experiencias propias del estándar de recuerdos escritos ratificado como “diario”, basta con cualquier texto relativamente antiguo para darnos cuenta de que nuestra propia contradicción es irrevocable.

Un gran margen de tiempo nos demuestra haber estado equivocados plenamente cuando confiábamos a ciegas en la exposición de nuestras teorías y asimilábamos como verdadero aquello que apenas tenía experiencia tras de sí para poder validarse. Por ello, aunque es necesario pasar dicha trama, volver a abrir aquel cajón y observar todo lo que fuimos y actualmente no somos ocasiona un breve arrepentimiento que muchas veces suele preceder una sonrisa de nostalgia. Pero que actualmente no seamos iguales, o que,  simplemente, no sintamos lo mismo, no significa que sea imposible volver a trasmutar nuestros pensamientos y sentimientos relegados y volver a escenificar segmentos de nuestro pasado. Específicamente hablando, hay un tema que es intermitente, pero que suele ser una constante en el segmento temporal que consolida nuestras memorias escritas.

Podemos intentar engañar a nuestra conciencia, pero nuestro subconsciente es muy
analítico como para evadir las señales que concluyen en nuestra mente como un puzzle
útil pero incomprensible. Seguramente, la mayoría de personas prefieran guardar el lastre en un angosto páramo cuando la idea se asemeja a una experiencia trágica. Anteriormente mencionaba que dicho “tema” siempre formaba un inevitable ciclo. 

Muchas sensaciones ya vividas forman una nueva extensión en este preciado árbol, que crecen y se cruzan en forma de ramas intentando alcanzar el cielo. Años atrás, la corteza no pudo proteger el impacto que hizo derramar la savia a través del proceso creado, y el ciclo que pensé haber cerrado volvió a abrirse; la madera, cercenada, tardó en volver a crecer para impulsar el crecimiento de la instancia más alta del árbol. Las raíces parecen haberse fortalecido, han servido para agarrar el conocimiento atormentado por los años, y ahora posibilitan el crecimiento de un nuevo bosque que espera ansioso dos pares de pisadas en un día cualquiera… Un día cualquiera.

domingo, 29 de marzo de 2015

La consecución del Ser; el inevitable estado del Estar

Parece increíble como creemos crecer con el paso del tiempo por el hecho de acumular conocimiento; tan solo pasamos a recordar vagamente las experiencias abordadas. Los miedos que cada uno experimenta son de lo más irracional en la mente de cualquier persona ajena, pero analizados desde nuestro punto de vista parecen extensos pantanos fangosos cuya única finalidad es enredar el barro entre nuestras piernas hasta conseguir ahogarnos. Nos cuesta caminar por ellos mientras que el resto se ríe señalándonos por nuestra forma esperpéntica de abordar lo que ellos consideran fácil. Y es curioso como la cadena del efecto mariposa tiende a mostrar un mayor porcentaje de efectos negativos hasta que  todos acabamos de mierda hasta los dientes. Hay una cierta ineficiencia en algún punto de nuestra mente que es imposible evitar, y esa pequeña brecha que se deja ver cuando no somos suficientemente experimentados en la situación que acontece es la que produce siempre el sufrimiento.

Si tan solo en ese momento hubiéramos sido más inteligentes, si  hubiéramos analizado con mejor perspectiva, si tan solo hubiéramos estado mejor preparados… No erraríamos catastróficamente hasta causar dolor.

Es algo que se nos escapa, la pequeña palabra que se cuela entre el hueco de los dientes y pasea por la lengua hasta conseguir alcanzar el exterior. Son tantos factores los que decantan nuestra cadena de reacciones y acciones, tantos naipes sujetando el castillo, que en cuanto un elemento chirría, la cadena se acaba generando/derribando por sí misma. Y vuelta a empezar, una queja que acabará siendo una gesticulación inapropiadamente justificada en la momentánea cadena ajena, y el proceso entonces volverá a bifurcarse entre comprendidos e incomprendidos.

Ciertamente, el ser humano es un ser contradictorio desde que nace hasta que yace en la tumba. Contradictorio por el contacto de personas contradictorias que ya han sido alteradas por la cadena cíclica. Contradecirse implica aprender, por ello considero una virtud bastante importante que el tiempo modifique nuestra forma de pensar. Pero aunque el tiempo sea el método universal de organizar nuestras ideas, el tiempo no consigue enmendar nuestros errores, solamente lo consiguen las personas correctas.

Duele de partida saber que la felicidad es relativamente arbitraria y caprichosa, solo es una consecución más de el continuo choque que se alargará en el tiempo pero que no llegará hasta que las personas adecuadas aparezcan. De partida es injusto, por desgracia la infinidad de posibilidades depende de muchos factores, pero lo importantes es conseguir llegar al estado del ser en su forma más mínima (es imposible alcanzarlo de forma completa).

Después de tantos años reflexionando sobre posibilidades en infinidad de acciones, he llegado a la conclusión de que lo más importante es ser. Parece absurdo pensar que la distinción conceptual entre ser y estar es mínima, ello es erróneo. Estar es el estado temporal ocasionado por la cadena cíclica que envuelve nuestras acciones. Cuando no estamos realmente preparados actuamos siendo lo que consideramos ser pero no hemos llegado a ser. Cuando se parte de la inexperiencia, meramente somos el más parcial estado del saber estar, y es que este es un proceso tan necesariamente transitorio como doloroso.

Un sencillo ejemplo lo clarifica; escribir nuestras preocupaciones más trascendentales sobre un papel y dejarlo a la deriva en una botella sobre la orilla del mar para encontrarlo al cabo del tiempo es el mayor regalo que podemos hacernos. Ver como el concepto que un día defendimos  puede llegar a convertirse en un pellizco en nuestra vida nos hará ver que todo cuanto conocíamos era una simple superficie del hondo pantano que seguimos atravesando.

El estado transitorio del ser es el más doloroso porque trae consigo el inminente arrepentimiento. Si no hubiera sido de determinada manera, si mi mentalidad no hubiera tenido unos límites tan superficiales como para no abarcar el campo que me ha llevado a tal error, si no…

Es difícil saber cuando somos realmente, las circunstancias siempre intentan hacer que seamos el estado parcial del estar, de que tendamos al camino fácil y mezquino del abandono. Pero cuando ese estado es cíclicamente experimentado, el sujeto se cansa de ser una carga para él mismo, es entonces cuando se da cuenta de que lo es para el resto por su ineficiencia. El sufrimiento siempre va a ser un elemento constante independientemente de que hayamos conseguido llegar a ser en su estado pleno, pero si de verdad estamos en la fase del estar, generaremos más sufrimiento.

Estoy harto de escuchar la frase arcaica de “hacer daño o sufrir”. La ineficiencia de una única persona es la que genera la cadena de sufrimiento, y la ineficiencia es siempre un punto común en algún punto mínimo del ser humano. La ineficiencia es inevitable tarde o temprano porque está condicionada por demasiados factores, es un desorden ordenado.

Lo realmente importante de la vida es aproximarse al ser y aprender del estado transitorio y eventual del estar, porque aunque el segundo proceso sea el más doloroso, nos permitirá saber quiénes somos. El sufrimiento de la tierra nace por la cadena incompetente de alguien que en un determinado momento no supo ser y solo pudo estar.

jueves, 19 de febrero de 2015

Estado del no retorno

No hay peor sensación que girar en torno a un agujero negro, sabiendo que el punto de no retorno deja caer su guillotina sobre tu cabeza. Muerta la impresión, nula la idea. Un día partiste de lo simple alzando tus hazañas como algo productivo, al anochecer rompiste en pedazos cada sílaba y partitura creada, porque la perfección siempre te atormenta. Y la perfección no te dejará vivir, porque es inalcanzable, pero tú no piensas así, y el concepto realmente te ofende.

Ese pequeño momento entre la grandeza y la ruptura, un fino equilibrio entre el poder y la decadencia. Y sabes perfectamente a que me refiero, porque la inseguridad y el fracaso siempre han sido tus mayores enemigos. Durante un año jugarás a sostener una piedra con tu mano, el siguiente a sostener un menhir con tu espalda, y finalmente acabarás por sostener un templo con la lengua. Recordarás el final pero no el principio.

Imagínate caminar por un cubículo cubierto de espejos, vertical y horizontalmente, reflejos de un reflejo que un día fueron una imagen original. Una composición compleja fruto de la suma finita de tu conciencia, una conciencia que no descansa, que necesita dar de sí una imagen infinita. Y eso es, la perfección es incomprendida por su complexión, finitamente incomprendida, infinitamente entendida.

Cuando más absorbes más te exiges, porque no te duele el hecho que da sustento al fallo, sino haber fallado, porque sabes que nunca fuiste nadie y eso te atormentará siempre. Y dolerá partir de lo simple para alcanzar lo complejo, porque la esencia de la ignorancia y lo primario quedará perdida en el tiempo, y el tiempo hará de ti una persona del no retorno; cuanto más aprendas, más complejo serás, y no podrás volver a sentir ni crear lo que un día pudiste. Ahora, lo que un día amaste por ser tuyo será marginado en tu mente por haber subido escalones en el conocimiento, porque no hay peor sensación que girar en torno a un agujero negro, sabiendo que el punto de no retorno deja caer su guillotina sobre tu cabeza.

jueves, 12 de febrero de 2015

Tempo (<)

“Cada segundo que daba por perdido era una piedra más en su bolsillo. En un principio pensó no molestarle el peso, era insignificativo. En cambio, al cabo de los años, las piedras comenzaron a ejercer su peso. Tal era el punto, que la respiración se balanceaba en un quiero y no puedo. Atemorizado por el peso de los años, intentó encontrar solución. Probó a vaciar día a día sus bolsillos, las piedras rodaban y con ellas caían sus problemas. Pero el balance era negativo, cada hueco que dejaba era ocupado a mayor velocidad. Agobiado por un mar de peso, se estremeció arrepentido, y aguardando su final, empezó a añorar  el tiempo que siempre tuvo y nunca dio por perdido.”