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lunes, 22 de junio de 2015

Lucha Onírica

Estaba recostado en aquel laberinto nocturno que mi mente siempre construía, levantando murallas cubiertas de vidrieras para protegerme de un enemigo insistente que miraba a través, pero que a pesar de percibir el temblor de mi mirada, no apreciaba mi existencia.

Caminaba lentamente dejando caer su único dedo sobre las vítreas paredes, dejando un surco entre el polvo y las cenizas que enfocaban toda imagen visualizada desde uno u otro lado. No creo que tuviera intención de buscar algo, ni si quiera parecía saber que deambulaba en un laberinto, tan solo caminaba sin rumbo arrastrando su dedo por las largas cristaleras que conformaban la estructura.

El caso es que, muy a mi pesar, yo tampoco entendía cómo ni por qué había acabado en aquel lugar, ni si quiera recordaba cuando fue la primera vez que viví la experiencia. Una cosa sí tenía clara; no era la primera vez que me encontraba atrapado en aquel lugar. A pesar de que las paredes eran transparentes, el ciclo era infinito, mi mirada se perdía entre la profundidad y era imposible visualizar salida alguna. De un remoto exterior solo podía percibir el cielo.

Descubierto el laberinto por la ausencia de una superficie, el cielo tampoco generaba sensación de distensión, al contrario, el colorido verdoso sesgado por nubes contaminadas generaba una sensación de agotamiento e intranquilidad que ofrecía barra libre de náuseas.

Puesto que mi mente no podía cavilar ninguna meta ni patrón coherente para evitar adentrarme y desorientarme en aquel entramado, seguir a aquella “persona” me parecía lo más entretenido.

Era curioso, a pesar de ser un laberinto, todo parecía comunicarse a la perfección para abrir un camino predeterminado a conectar mis pasos con aquella figura. Veía su sombra caminar paralelamente a mi vía, en ocasiones solo miraba el surco que su dedo dejaba en el cristal, siguiendo la línea con mi mirada como si quisiera comunicar algo. Cuando el pasillo dejaba de ser recto, la figura seguía caminando hasta la bifurcación hasta chocar contra la pared. Unas veces seguía caminando hacia adelante y tras insistir se giraba para seguir caminando,  pero otras veces colisionaba con el cristal con tal impacto que creaba un boquete perfectamente tallado en la pared, sin fragmentos ni retazos generados por la típica ruptura de un cristal.

A pesar de parecer inconexo, empecé a pensar que debía tener algún significado, pues cuando el laberinto parecía bifurcarse de forma que no pudiera seguir a aquella figura, aquel ser reventaba a su paso la pared y todo volvía a fluir con normalidad.

Lo que tampoco entendía era el por qué de su dedo frotando constantemente el laberinto polvoriento. La única idea que acudía a mi mente era que aquel surco fuera una forma de reconocer el terreno, una mera señal para saber por dónde ha caminado y no perderse en sus propios pasos. Pero aquella idea me parecía ridícula, el ser no se inmutaba en ningún momento, no mostraba faceta alguna de un ser humano; no se cansaba ni postraba su figura un solo centímetro, tampoco parecía que respirara o mostrara cansancio. Cualquier humano cesaría su marcha para barajar opciones si lleva mucho tiempo andando, o al menos, giraría la cabeza como acto involuntario de estar perdido y querer buscar una salida desesperadamente.

Ni denotaba intención de buscar algo en aquel remoto lugar ni tampoco parecía molestarle mi presencia acosadora. Quizás fuera una máquina diseñada para buscar una salida en aquel laberinto, pero, en ese caso, tampoco entendería como apareció en el mismo punto de partida que yo.

No mantenía una noción exacta del tiempo que llevábamos caminando, pero seguramente rondaría en torno a un par de horas. Todo lo que no le ocurría a él me ocurría a mí; me empezaba a encontrar fatigado, los párpados atosigaban mis pasos y mis fosas nasales luchaban contra el polvo para poder respirar, pero la alergia y el cansancio aminoraban mi marcha considerablemente. Pese a actuar como algo inhumano,  parecía estar jugando conmigo, pues cuanto más aminoraba la marcha, más aceleraba sus pasos aquel longevo dedo.

Pero no ocurría nada anómalo, solamente caminaba mecánicamente sin pararse o girar la cabeza. Esto comenzaba a cansarme, cuanta más distancia recorría, más nervioso me ponía mirar la sombra entre el polvo de los cristales.

Intentaba atrapar algo que me había atrapado aprovechando mi ignorancia. Si su papel era hacerme perder el tiempo, lo estaba consiguiendo. El tiempo no tenía valor alguno en aquel lugar. En cierto modo no era novedad para mí, la palidez de aquella figura era lo menos desconocido allí. “Si hubiera estado aquí me acordaría, al no ser (que fuera) un sueño”.

El verdadero silencio no es aquel que se da cuando estás solitariamente inmerso en ti mismo, el verdadero silencio es aquel que forma parte de alguien que intenta hablarte pero no puede, o que ni si quiera lo intenta, de manera que tu presencia solo genera más silencio. Si una imagen vale más que mil palabras, un mero silencio puede narrarte el final más complejamente descriptible posible.
Si al menos esa figura emitiera algún sonido, el silencio no agobiaría tanto. Un silencio claustrofóbico que solo acrecienta la sensación de estar acompañadamente ahogado. Es una sensación demasiado incómoda.

Inmerso en mis pensamientos no me había percatado de que esta sección era notablemente distinta al resto de segmentos ya transitados;  el final de mi pasillo enlazaba, con un giro, el pasillo de mi amigo caminante. Diría que estoy nervioso, pero la verdad, el cansancio ya no distingue más allá de su egoísmo. Si desde el principio había estado inquieto y enormemente agobiado, ahora simplemente estaba “desenchufado”.

Realizado el giro, una breve recta separaba mis pasos del esperado reencuentro. Y allí estaba aquella figura; caminando decididamente haciéndome creer que aún no se había percatado de mi presencia (por supuesto, aquel dedo seguía con su repetitiva rutina). Curiosa la percepción de mis ojos; en la distancia frontal la nitidez era impecable, pero conforme me acercaba, el contorno se difuminaba y emborronaba. “Tiene forma humana”.

Aunque tiene forma humana, solo es visible su contorno, el contenido del mismo parece ser un aleatorio color extendido a modo de relleno. Incluso diría que tiene el mismo “cabezón” que yo.

Y ahora es cuando lo veo todo claro, a pesar de ver cada vez más desenfocada su imagen.  Me hubiera sorprendido su inteligencia de no ser porque ya había identificado su origen.  Estaba en el punto en el que (no) quería estar. Estaba en el punto al cual él (no) quería atraerme. Por primera vez, conscientes los dos de saber qué ocurriría, continuamos caminando esperando encontrarnos. Cuando le vi levantar el brazo usado tan fervientemente para pasear su dedo por aquel terreno…  Cuando le vi actuar por primera vez de forma humana…  fue entonces cuando, tranquilamente complacido, cerré los ojos mientras estrechaba mi dedo a su encuentro. Sonreí sabiendo que ocurriría, no era la primera vez que me había olvidado (perdido) de mí mismo.

Al fin pude decir(me)le; “buenas noches”.

sábado, 18 de abril de 2015

Árbol de Reminiscencia

Y recordar ese péndulo onírico que delata aquel cajón, antiguamente aliado, cuyo cruce de dedos aguarda una trampa emocional; en mi mesilla de noche se esconde un pequeño yacimiento esperpéntico de lo que un día fueron buenas funciones fallidas. Voltear una huella escrita parece algo sencillo, un mero mensaje que un día se vistió de realidad imprescindible, que lució la primera noche como el descubrimiento trasnochador de válvulas motoras de cobijo abstracto, y que ahora ha sido arrastrado por el viento hasta una cala desolada por las líneas morales.

Increíble, ser lo que nunca pensé ser pero una parte de mí siempre quiso, sufrir lo que nunca pensé sufrir pero una parte de mí siempre esperó sufrir. La continuidad paradójica de la individualidad humana debería ser recogida en un árbol de grandes dimensiones, partiendo de simples recuerdos que hinquen sus raíces en la corpórea tierra, y, creciendo en base a ellas, redactar nuestra existencia extendiéndose una y otra vez. Porque somos así, un enorme árbol cuya base asienta elementos distintivos entre sí si partimos de arriba hacia abajo. Y que distintos creemos ser de los demás, cuando nuestra propia conciencia ha sido distinta y lo será hasta el día de su despedida. Y de repente, recuerdo vagamente aquel lugar; abro aquel cajón que mi mente aisló del universo y que me hace estornudar por acumulación de polvo, y sonrío mientras me muerdo intensamente para paliar la presión mental.

Sonreír es lo que preferiría hacer, pero los conceptos obsoletos de aquel papel escalan por mi espalda y me susurran al oído “Siempre hemos estado aquí dentro, siempre hemos estado contigo”. Evitar los errores en nuestro amplio sesgo mental es un mecanismo de evolución que nos permite, en el ámbito más amplio del término, alcanzar la felicidad. De esta forma podemos, incluso, llegar  a pensar que ni si quiera hemos accidentado aquella situación que entumece nuestro cerebro.

Pero no es sino un mecanismo más de engaño, evitar el hecho no hace que desaparezca, solamente podremos soltar una bocanada de alivio si estrechamos el cerco y tumbamos el dolor con un pulso emocional. Pero, es increíble cómo el árbol ha seguido creciendo y el tronco se ha endurecido, cada vez más, a medida que sus raíces se extendían recuerdo a recuerdo. Pero aquella hoja guardada en el fondo de nuestro cerebro sigue doliendo, y me temo, seguirá doliendo; dolerá porque dolió, porque, aunque apartada, siempre estuvo y estará con nosotros como base necesaria, como raíces que posibilitan nuestro crecimiento.

Introducida la materia, el acervo que de verdad acontece el texto comienza a desglosarse llegados a este punto. No es imprescindible hacer la comparación a través de las experiencias propias del estándar de recuerdos escritos ratificado como “diario”, basta con cualquier texto relativamente antiguo para darnos cuenta de que nuestra propia contradicción es irrevocable.

Un gran margen de tiempo nos demuestra haber estado equivocados plenamente cuando confiábamos a ciegas en la exposición de nuestras teorías y asimilábamos como verdadero aquello que apenas tenía experiencia tras de sí para poder validarse. Por ello, aunque es necesario pasar dicha trama, volver a abrir aquel cajón y observar todo lo que fuimos y actualmente no somos ocasiona un breve arrepentimiento que muchas veces suele preceder una sonrisa de nostalgia. Pero que actualmente no seamos iguales, o que,  simplemente, no sintamos lo mismo, no significa que sea imposible volver a trasmutar nuestros pensamientos y sentimientos relegados y volver a escenificar segmentos de nuestro pasado. Específicamente hablando, hay un tema que es intermitente, pero que suele ser una constante en el segmento temporal que consolida nuestras memorias escritas.

Podemos intentar engañar a nuestra conciencia, pero nuestro subconsciente es muy
analítico como para evadir las señales que concluyen en nuestra mente como un puzzle
útil pero incomprensible. Seguramente, la mayoría de personas prefieran guardar el lastre en un angosto páramo cuando la idea se asemeja a una experiencia trágica. Anteriormente mencionaba que dicho “tema” siempre formaba un inevitable ciclo. 

Muchas sensaciones ya vividas forman una nueva extensión en este preciado árbol, que crecen y se cruzan en forma de ramas intentando alcanzar el cielo. Años atrás, la corteza no pudo proteger el impacto que hizo derramar la savia a través del proceso creado, y el ciclo que pensé haber cerrado volvió a abrirse; la madera, cercenada, tardó en volver a crecer para impulsar el crecimiento de la instancia más alta del árbol. Las raíces parecen haberse fortalecido, han servido para agarrar el conocimiento atormentado por los años, y ahora posibilitan el crecimiento de un nuevo bosque que espera ansioso dos pares de pisadas en un día cualquiera… Un día cualquiera.