Estaba recostado en aquel laberinto nocturno que mi mente
siempre construía, levantando murallas cubiertas de vidrieras para protegerme
de un enemigo insistente que miraba a través, pero que a pesar de percibir el
temblor de mi mirada, no apreciaba mi existencia.
Caminaba lentamente dejando caer su único dedo sobre las
vítreas paredes, dejando un surco entre el polvo y las cenizas que enfocaban
toda imagen visualizada desde uno u otro lado. No creo que tuviera intención de
buscar algo, ni si quiera parecía saber que deambulaba en un laberinto, tan
solo caminaba sin rumbo arrastrando su dedo por las largas cristaleras que
conformaban la estructura.
El caso es que, muy a mi pesar, yo tampoco entendía cómo ni
por qué había acabado en aquel lugar, ni si quiera recordaba cuando fue la
primera vez que viví la experiencia. Una cosa sí tenía clara; no era la primera
vez que me encontraba atrapado en aquel lugar. A pesar de que las paredes eran
transparentes, el ciclo era infinito, mi mirada se perdía entre la profundidad y
era imposible visualizar salida alguna. De un remoto exterior solo podía
percibir el cielo.
Descubierto el laberinto por la ausencia de una superficie,
el cielo tampoco generaba sensación de distensión, al contrario, el colorido
verdoso sesgado por nubes contaminadas generaba una sensación de agotamiento e
intranquilidad que ofrecía barra libre de náuseas.
Puesto que mi mente no podía cavilar ninguna meta ni patrón
coherente para evitar adentrarme y desorientarme en aquel entramado, seguir a
aquella “persona” me parecía lo más entretenido.
Era curioso, a pesar de ser un laberinto, todo parecía
comunicarse a la perfección para abrir un camino predeterminado a conectar mis
pasos con aquella figura. Veía su sombra caminar paralelamente a mi vía, en
ocasiones solo miraba el surco que su dedo dejaba en el cristal, siguiendo la
línea con mi mirada como si quisiera comunicar algo. Cuando el pasillo dejaba
de ser recto, la figura seguía caminando hasta la bifurcación hasta chocar contra
la pared. Unas veces seguía caminando hacia adelante y tras insistir se giraba
para seguir caminando, pero otras veces
colisionaba con el cristal con tal impacto que creaba un boquete perfectamente
tallado en la pared, sin fragmentos ni retazos generados por la típica ruptura
de un cristal.
A pesar de parecer inconexo, empecé a pensar que debía tener
algún significado, pues cuando el laberinto parecía bifurcarse de forma que no
pudiera seguir a aquella figura, aquel ser reventaba a su paso la pared y todo
volvía a fluir con normalidad.
Lo que tampoco entendía era el por qué de su dedo frotando
constantemente el laberinto polvoriento. La única idea que acudía a mi mente
era que aquel surco fuera una forma de reconocer el terreno, una mera señal
para saber por dónde ha caminado y no perderse en sus propios pasos. Pero
aquella idea me parecía ridícula, el ser no se inmutaba en ningún momento, no
mostraba faceta alguna de un ser humano; no se cansaba ni postraba su figura un
solo centímetro, tampoco parecía que respirara o mostrara cansancio. Cualquier
humano cesaría su marcha para barajar opciones si lleva mucho tiempo andando, o
al menos, giraría la cabeza como acto involuntario de estar perdido y querer
buscar una salida desesperadamente.
Ni denotaba intención de buscar algo en aquel remoto lugar
ni tampoco parecía molestarle mi presencia acosadora. Quizás fuera una máquina
diseñada para buscar una salida en aquel laberinto, pero, en ese caso, tampoco
entendería como apareció en el mismo punto de partida que yo.
No mantenía una noción exacta del tiempo que llevábamos
caminando, pero seguramente rondaría en torno a un par de horas. Todo lo que no
le ocurría a él me ocurría a mí; me empezaba a encontrar fatigado, los párpados
atosigaban mis pasos y mis fosas nasales luchaban contra el polvo para poder
respirar, pero la alergia y el cansancio aminoraban mi marcha
considerablemente. Pese a actuar como algo inhumano, parecía estar jugando conmigo, pues cuanto más
aminoraba la marcha, más aceleraba sus pasos aquel longevo dedo.
Pero no ocurría nada anómalo, solamente caminaba
mecánicamente sin pararse o girar la cabeza. Esto comenzaba a cansarme, cuanta
más distancia recorría, más nervioso me ponía mirar la sombra entre el polvo de
los cristales.
Intentaba atrapar algo que me había atrapado aprovechando mi
ignorancia. Si su papel era hacerme perder el tiempo, lo estaba consiguiendo.
El tiempo no tenía valor alguno en aquel lugar. En cierto modo no era novedad
para mí, la palidez de aquella figura era lo menos desconocido allí. “Si
hubiera estado aquí me acordaría, al no ser (que fuera) un sueño”.
El verdadero silencio no es aquel que se da cuando estás solitariamente
inmerso en ti mismo, el verdadero silencio es aquel que forma parte de alguien
que intenta hablarte pero no puede, o que ni si quiera lo intenta, de manera
que tu presencia solo genera más silencio. Si una imagen vale más que mil
palabras, un mero silencio puede narrarte el final más complejamente descriptible
posible.
Si al menos esa figura emitiera algún sonido, el silencio no
agobiaría tanto. Un silencio claustrofóbico que solo acrecienta la sensación de
estar acompañadamente ahogado. Es una sensación demasiado incómoda.
Inmerso en mis pensamientos no me había percatado de que
esta sección era notablemente distinta al resto de segmentos ya transitados; el final de mi pasillo enlazaba, con un giro,
el pasillo de mi amigo caminante. Diría que estoy nervioso, pero la verdad, el
cansancio ya no distingue más allá de su egoísmo. Si desde el principio había
estado inquieto y enormemente agobiado, ahora simplemente estaba
“desenchufado”.
Realizado el giro, una breve recta separaba mis pasos del
esperado reencuentro. Y allí estaba aquella figura; caminando decididamente haciéndome
creer que aún no se había percatado de mi presencia (por supuesto, aquel dedo
seguía con su repetitiva rutina). Curiosa la percepción de mis ojos; en la
distancia frontal la nitidez era impecable, pero conforme me acercaba, el
contorno se difuminaba y emborronaba. “Tiene forma humana”.
Aunque tiene forma humana, solo es visible su contorno, el
contenido del mismo parece ser un aleatorio color extendido a modo de relleno.
Incluso diría que tiene el mismo “cabezón” que yo.
Y ahora es cuando lo veo todo claro, a pesar de ver cada vez
más desenfocada su imagen. Me hubiera
sorprendido su inteligencia de no ser porque ya había identificado su
origen. Estaba en el punto en el que
(no) quería estar. Estaba en el punto al cual él (no) quería atraerme. Por
primera vez, conscientes los dos de saber qué ocurriría, continuamos caminando
esperando encontrarnos. Cuando le vi levantar el brazo usado tan fervientemente
para pasear su dedo por aquel terreno… Cuando
le vi actuar por primera vez de forma humana…
fue entonces cuando, tranquilamente complacido, cerré los ojos mientras
estrechaba mi dedo a su encuentro. Sonreí sabiendo que ocurriría, no era la
primera vez que me había olvidado (perdido) de mí mismo.
Al fin pude decir(me)le; “buenas noches”.