martes, 10 de febrero de 2015

Aparición Edificada

Crece una edificación un tanto peculiar, rodeada de piedras en un islote cuyas raíces crujen las entrañas de la tierra. El epicentro se remueve día y noche, el pequeño puzle nunca encuentra resolución, los temblores crean grietas en la plataforma mientras lo sostenible se vuelve pesadilla. Dos pequeños faros mantienen el fuego en ella, la noche nunca es noche, el día nunca es día. Un pequeño engranaje, hace ya tiempo noqueado por la constante tormenta de arena del exterior, vibra cíclicamente intentando reengancharse al reloj que acompaña a la única habitación humana del lugar. 

El reloj, de inmenso tamaño, solamente fue creado para un viaje de ida, y el agua que tiempos atrás caía del área superior, en días de gloria, ahora yace en la base, esperando que la pequeña pieza voltee el soporte. Entre el arrecife selvático que devora la superficie y enterrado por rascacielos naturales que hacen imposible su búsqueda aérea, un cubículo es levantado por los seres que habitan la isla. Sin previo aviso y explicación alguna, aparece una estatua en aquel cuarto. La aparición desconcierta a los habitantes de la isla, que miden la distancia con aquella estancia, aunque reconocen en ella algo que les asombra por su atracción; su rostro y cuerpo denotan feminidad.

Cuatro paredes con un simple tejado fue en un principio la idea, pero pasado el tiempo adquirió la prioridad de una deidad para ellos. Toda deidad necesita tiempo, toda deidad necesita miedos. Seis columnas fueron construidas para sujetar el tejado que debía arropar la hermosa figura, pero cada día eran modificadas en número. La indecisión era constante, no había noción alguna para el equilibrio, no había coherencia a la hora de decidir la cantidad de columnas que debía agradar la presencia de la figura. Fueran dos columnas o cinco, la vista de ellos hacia la figura siempre denotaba inseguridad. 

Cuanto más saturaban sus mentes para posicionar el idilio perfecto para ella, más se alejaban de su figura. Anhelaban que todo fuera perfecto, pero ni si quiera conocían su origen ni razón de ser. El hecho de admirar algo que desconocían en su totalidad degeneraba en miedo, y el miedo degeneraba en distancia. La figura fue transformada en deidad, la deidad fue transformada en miedo, y, finalmente, mientras seguían idolátrandola ciegamente, el miedo degeneró en olvido.

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